El valor de las cosas

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Criterios de valoración antes de restaurar un objeto

Cuando explico que soy restauradora de papel, la pregunta está asegurada: “¿Y qué haces cuando falta un trozo?”. La reintegración es probablemente lo más controvertido de una restauración, porque exige el establecimiento de un criterio para tratar la ausencia, y eso implica posicionarse en cuestiones nada banales:
Cuál es el valor o significado del objeto, cuán único es y cuál es su función (o la de la parte afectada) y a partir de aquí, y teniendo en cuenta su estado de conservación, los restauradores buscamos el criterio más adecuado para cada intervención.

El valor o significado del objeto quiere decir:
Que si hoy apareciesen dos manuscritos inéditos, el primero del puño y letra de Gaudí dando unas instrucciones concisas de cómo terminar la Sagrada Familia; y el segundo una lista de los operarios que en ella trabajaban, lo vemos muy claro: sucumbimos al inevitable fetichismo en el primer caso, considerando cada trazo, cada mancha obras casi divinas; mientras que en el segundo sólo nos interesaría el contenido, o por desgracia ni eso.

Libro con bala. El suceso histórico asociado a este objeto hace variar su valor y significado originales.

Entonces en el significado hay que dar cabida a la antigüedad, el contexto histórico, por descontado la calidad artística, si la tiene; y por último el valor de sus materiales (piedras preciosas, papel, piel…); y estas cuatro cosas lo harían más o menos significativo, o valioso.

El valor es intangible, ya que las sociedades tenemos gustos y valores cambiantes, en el tiempo y en los territorios; y ya no hablemos de los individuos. Es una cuestión subjetiva y mutable, por mucho que no empeñemos en hacer tasaciones y mirar récords de ventas en Christie’s.

Cuán único es parece obvio: Si hay sólo uno (original) no será lo mismo que si disponemos de varios ejemplares de la misma categoría. Es más complejo de lo que parece si tenemos en cuenta la reproducibilidad de las fotografías y de los grabados o impresos, aunque ahora no entraré en detalles. A grandes rasgos, lo que haya hecho la mano humana será normalmente más único que lo que haya hecho una máquina.

La función es casi automática si la obra está altamente valorada en los dos anteriores (muy significativo, muy único): estará destinada a ser conservada y adorada tanto si es una mierda en conserva como si se trata del beato de Liébana de Gerona. En muchos casos la función primigenia para la que fuera creado quedará relegada a un segundo plano.

Libro - Arte

Libro transformado en arte (desconocemos qué opina el autor del libro sobre el valor artístico de esta obra!)

Cuanto menos insigne sea el objeto, más tendremos en cuenta su función originaria; aunque no siempre.

Un libro sirve para ser leído, es un desplegable portátil de palabras. Si no se abre y se cierra, ya no funciona; como tampoco si no se puede leer el texto o las hojas se pierden. Igual que una caja sirve para guardar cosas, un teatrino para jugar, un abanico para abanicarse…

Banco hecho de libros.

Estas funciones seguirán siendo vigentes para objetos menos notorios. Pero también pueden adquirir una nueva función: acuñar una mesa, ser parte integrante de una performance

¡Ojo! Porque objetos idénticos pueden tener funciones diferentes: la atribución es arbitraria, o subjetiva, aunque tal afirmación no satisfaga a quien quiera una respuesta pautable y concisa. Por ejemplo: dos ediciones idénticas del mismo libro, con la misma encuadernación y desperfectos similares. Uno de ellos se conserva en una vitrina como pieza emblemática de un museo, mientras que el otro es una herramienta de consulta no restringida en una biblioteca pública. Puede que el primero haya tenido una historia que le confiere un significado especial: su propietario, unas notas manuscritas en un margen, que forma parte de un suceso histórico concreto… tendrá el valor que le otorgue su custodio, la sociedad. Si el segundo libro no tiene ninguno de estos atributos se le exigirá más estrictamente que cumpla con la función original.

El restaurador debería entender qué función se le atribuye al objeto para aplicar un criterio de acuerdo con ésta, ni por exceso, ni por defecto. Como profesional independiente, es un ejercicio que debo revisar para cada encargo, porque incluso dentro de una misma colección (o cliente) los criterios de actuación pueden variar.

Ya parto de la base que mi punto de vista apenas satisfará hoy a una mayoría; y que no sabemos mañana qué se valorará más o no… Procuraré tenerlo claro yo para justificar mis intervenciones, y si estoy convencida en un 80% ya me parecerá un éxito (se entiende ahora porque los restauradores hablamos tanto de hacer intervenciones reversibles, que se puedan deshacer).

Acostumbro a decir que cuánto más fácil sea deducir lo que faltaba, más legítimo sería que el restaurador acometiera su reintegración intentando que pase inadvertida. Sería como decir que cuán menos relevante sea la pérdida (considerando aquí los tres conceptos antes mencionados para el objeto dañado) más licencia tendría el restaurador para “terminarla”, más asumible el posible error en su hipótesis. Y se debería incluir un último aspecto, y es el tamaño, ¡que sí que importa! porque cuánto mayor sea la laguna o más áreas afecte, menos lícito sería presuponer su aspecto.Valor de las Cosas
La venus de Milo, por ejemplo: a ningún restaurador en sus cabales se le ocurriría terminarle los brazos… ¿Qué hacía esta joven? ¿Quién podría tener la certeza? ¿Quién osaría ponerse a la altura del artista para hacer una aproximación, aún y admitiendo que se tratara de una hipótesis? O ¿qué iluminado modificaría la auténtica para darle un nuevo punto de vista? Tiene tanto significado por ella misma, tal como es, que “funciona” aún y amputada, nadie considera que se haya estropeado. A saber si hace dos mil años este pedazo de mármol era un toallero, o tenía otra función (religiosa, cultural) que sobrepasaba la “meramente” artística… El valor y el significado que le atribuimos hoy veta cualquier intento de “arreglarla” o “mejorarla”, porque ya va sola tal como es.

Para establecer el criterio ante una intervención, recurro a una especie de tabla de controles, como la de los ecualizadores de sonido:

  • Valor alto/significativo ↔ valor bajo / menos significativo
  • Único ↔ Repetido / reproducido / reproducible
  • Funciona ↔ No funciona
  • Agujero grande ↔ Agujero pequeño
  • Ejecución posible / viable ↔ Ejecución compleja / costosa

Y cada objeto tiene una mezcla característica de todos ellos, que determina cuán legítimo es resolver la laguna, y cómo.

Puesto que una restauración es una intervención humana y en nuestra sociedad todo se acaba valorando con dinero, el último factor incluye cuánto cuesta la hipotética resolución de la laguna. Midámoslo en tiempo, en recursos o en euros… al final todo es lo mismo. Y, guste o no, el esfuerzo asumible en cada caso vendrá determinado por el valor del objeto.

Los casos más divertidos de resolver, para mí, son los de entre medio: los tirando a ordinarios pero con un punto de distinción. Son los que permiten echar mano pero que no exigen el rigor (¡y el horror!) de una pieza insigne; los que demandan un tratamiento más allá del meramente estructural, pero que no son lo suficientemente emblemáticos para dejarme a mi como una restauradora de Milo: sin brazos.

Subjete a llicència Creative Commons. Compartir IGUAL citant AUTORA i ENLLAÇTenía un puñado de ejemplos de lagunas reintegradas para ilustrar esta explicación, pero me ha quedado tan densa que lo dejo para próximas publicaciones!


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